CONTRATAPA, por Dolo Trenzadora
“Lástima a nadie, maestro”, dijo el Diego. Todo transpirado, con la mirada fija en su interlocutor y la seguridad del que pronuncia aquello que —sabe— tiene el peso de la gravedad. ¿Una revelación, una epifanía o las palabras de un testigo-protagonista, de un sobreviviente? Más bien, el Diego era todo eso junto, al mismo tiempo y al revés, tan contradictorio como lo que pasa día a día en la calle. Leer a Walter, sí, nos trae de nuevo el recuerdo de esas palabras —casi testimoniales— de Maradona por este orgullo de tomar el insulto y hacerlo bandera. Porque empatía no es lo mismo que lástima. La empatía solo se traduce en palabras-acciones que pican y se graban en la piedra de la memoria popular: “palabras como ventanas/palabras como abrazos y puentes/ pero también como cuchillos de carniceros o trincheras”.
Así como Victoria Santa Cruz cantaba “Negra soy y ¿qué?”, el Diego vociferaba un límite subjetivo al racismo: los negros de mierda no queremos lástima ni tendremos lástima y, sí, por derecho de nacimiento nos vamos a comer el mundo. Como ese nene que en el colegio pide otro plato de comida y otro y otro porque tiene hambre y porque puede; del mismo modo, el próximo movimiento del mismo niño será tomar un insulto, moldearlo —reducción de daños mediante— y constituirlo aliado. Eventualmente, escribir poesía, no como un lujo sino como una necesidad vital que deviene de aprender a soportar la intimidad del hartazgo y la intensidad de sentir tanto amor que ya no se tiene miedo.